


La historia que queremos contar surge de un aglutinado paquete de obsesiones, textos e imágenes como los que vienen a continuación:
Los cantos de Maldoror – Canto segundo
Allí, en un bosquecillo rodeado de flores, duerme el hermafrodita, sumido en profundo sopor, sobre la hierba empapada en llanto.
La luna ha desprendido su disco de la masa de nubes y acaricia, con sus pálidos rayos, ese dulce semblante de adolescente. Sus rasgos expresan la más viril energía junto a la gracia de una virgen celestial.
Nada parece natural en él, ni siquiera los músculos de su cuerpo, que se abren paso a través de los armoniosos contornos de formas femeninas.
Tiene el brazo doblado sobre la frente, apoyada en el pecho la otra mano, como para contener los latidos de un corazón cerrado a todas las confidencias y abrumado por el pesado fardo de un secreto eterno.
Cansado de la vida y avergonzado de caminar entre seres que no se le parecen, la desesperación ha transido su alma y se va, solo, como el mendigo del valle.
¿Cómo se procura sus medios de existencia? Almas compasivas velan por él, sin que sospeche tal vigilancia, y no le abandonan: ¡es tan bueno!, ¡tan resignado!
Habla a veces, de buena gana, con quienes tienen el carácter sensible, sin tocarles la mano, y se mantiene a distancia, temiendo un peligro imaginario.
Si le preguntan por qué ha tomado la soledad por compañera, sus ojos se levantan al cielo y contienen, a duras penas, una lágrima de reproche contra la Providencia; pero no responde a la imprudente pregunta, que extiende por la nieve de sus párpados el rubor de la rosa matutina.
Si la entrevista se prolonga, comienza a inquietarse, vuelve los ojos a los cuatro puntos del horizonte, como intentando huir de la presencia de un enemigo invisible que se acerca, hace con su mano un brusco gesto de adiós, se aleja en alas de su despierto pudor y desaparece en el bosque.
Generalmente le toman por loco. Cierto día, cuatro hombres enmascarados, que habían recibido órdenes, se arrojaron sobre él y le ataron sólidamente, de modo que sólo pudiera mover las piernas.
El látigo abatió sus rudos zurriagos sobre su espalda y le obligaron a dirigirse sin tardar hacia el camino que lleva a Bicêtre.
Sonrió al recibir los golpes y les habló con tanto sentimiento, con tanta inteligencia sobre muchas ciencias humanas que había estudiado y que mostraban la gran instrucción de aquel que no había, todavía cruzado el umbral de la juventud, y sobre el destino de la humanidad, desvelando así por completo la poética nobleza de su alma, que sus guardianes, sin una gota de sangre en las venas por la acción que habían cometido, desataron sus rotos miembros, se arrastraron sobre sus pies....
Como verán, en principio quería trabajar la historia del hermafrodita, pero al año siguiente salió XXY y desistí. Eso es un poco broma y otro poco cierto. Me gustaba la idea de un ser vivo que no se pudiera identificar ni con la especie humana ni con los animales que lo rodeaban. Entonces pensé en un ser asexuado y sin forma que le diera identidad, a su vez buscando constantemente un lugar que le fuera propio. Así fue como me crucé con este texto un poco por accidente:
El insecto
alza los sensores
mueve las antenas
captando
espacios minúsculos
en su horizonte
visual
concreto
desconectado.
Sobrevive
avanza buscando
alimento
conocimiento
apareamiento
liberación salvación
evolución.
El insecto
pretende ser portador
de la verdad
de la existencia
de la vida
del universo.
El insecto
no sabe
que es insecto
un pequeño
miserable
ínfimo
inestimable
egocéntrico
egoísta
ególatra
insecto humano.
(de Claudia Morassi, libro Epidermis)
El concepto de fagocitosis aparece un poco de una obsesión que yo tengo con la envidia y otro poco con mi vida cotidiana. Lo primero es algo que no paro de analizar y tratar de entender, el por qué nadie puede escapar a ese sentimiento, cómo funciona la envidia en cada uno de nosotros, cómo la manejamos, si la tornamos en algo positivo para nuestro crecimiento o si nos embarra y apantana, no nos deja avanzar y nos consume. Yo quiero reflejar la evolución de un ser a partir de una envidia canalizada en un crecimiento, en una búsqueda interminable de algo más.
La envidia.
Que suspire aliviado el que haya podido escapar toda su vida de tener los ojos entornados por la envidia.
Que grite liberado aquel que reconozca haber sentido las uñas dilatadas por el anhelo fagocito de arrancarle al otro su mejor cualidad.
(mini texto mío)
Con respecto a lo que dije sobre mi vida cotidiana comento a modo ilustrativo que tengo un gato que todos los veranos viaja al campo conmigo y en sus cacerías nocturnas me trae a mi cuarto las presas que atrapa y me las deja debajo de la cama a modo de ofrenda: cascarudos, libélulas, mariposas, ratas, langostas, alacranes y pájaros. De esas situaciones aparecen dibujos como los que presento, y de esos dibujos aflora la noción de híbrido, que nos sirve para tener claro que en su trayecto nuestro ser no es siempre el mismo, sino una suma de sus facetas anteriores.
Que alguien me explique, por favor, cómo ubicar las imágenes en otro lugar no tan molesto a la visión.
ResponderEliminarsobre las imágenes debés haberlo descubierto ya, hay unas herramientas que las ubican al centro o a los lados del texto, si a eso te referías... sobre de dónde surge tu proyecto: buenisimo!
ResponderEliminarpese a que cuando lo vi no pensé en la envidia sino en la apropiación inevitable y eterna: fagocitosis. Me gusta mucho todo esto que decís de canalizar las energías en cosas constructivas.
eso nomás...